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Una seria de acontecimientos
extraordinarios ha ido acrecentando con el correr del tiempo.
El fervor de los limeños y de todos los peruanos, por la
Sagrada Imagen del Señor de los Milagros.
Cuenta la tradición, que el 13 de noviembre de 1655 asoló
Lima, un espantoso terremoto que redujo a escombros iglesias y
edificios, incluyendo el modesto cuarto de adobe del barrio de
Pachacamilla, donde un negro liberto había pintado años atrás,
la imagen del Señor Crucificado.
Pero en el mismo momento se patentizó el milagro:”el sismo
respetó el muro donde el antiguo esclavo angoleño perennizó al
señor” Y ello hizo que el pueblo empezara a rendirle culto.
Treinta y dos años después, el maremoto destruyó al Callao el
20 de octubre de 1687, sacudió esta capital hasta los
cimientos, destrozando la pequeña capilla que se había
levantado en honor de la milagrosa imagen, excepto el altar
mayor, quedando nuevamente en pie el Señor en la Cruz.
Aquel trágico día, hace 301 años, salió por primera vez en
procesión por las polvorientas calles del barrio de
Pachacamilla, una copia al óleo del Señor de los Milagros y se
estableció realizar la procesión todos los años los días 18 y
19 de octubre.
Finalmente, otro pavoroso terremoto ocurrido el 28 de octubre
de 1746, derribó gran parte de la reedificada capilla y el
monasterio, respetando nuevamente la Milagrosa Imagen. Esta
fecha dio origen al tercer recorrido annual de la famosa
procesión.
Desde entonces, el poco numeroso grupo de personas de color
que hacía todos los años un breve recorrido por las alejadas
calles cercanas a la capilla, ha ido creciendo hasta
convertirse en la más grande, fervorosa, fraternal y
democrática concentración humana, que durante tres días
recorre puntos tan distantes de la ciudad como las Nazarenas y
los Barrios Altos impregnando el místico perfume el ámbito de
la capital
El año 1776, el Virrey Amat y Juniet dispuso iniciar la
reconstrucción de un nuevo templo, que fue inagurado el 20 de
enero de 1771, el mismo que con varias refacciones presta
servicios a los fieles hasta este momento.
Pero queda memoria de otros hechos sorprendentes sucedidos en
torno de la maravillosa pintura y de su autor. Don Lázaro
Costa Villavicencio cuenta que el moreno Benito fue liberado
por su amo después de sobrevivir una terrible epidemia de
fiebre amarilla desatada en un corralón de Magdalena, donde
atendió piadosamente a los enfermos,auxilió moribundos y
enterró cadáveres.
Alojado en la ranchería de Pachacamilla, se sintió inspirado y
decidió pintar al templo en su humilde cuartucho la Imagen del
Senor, interpretándolo en forma tan “real, bella, radiante,
divina y sacra”, como la vemos hasta hoy.
Los vecinos proclamaron que mientras él pintaba, se veia en su
habitación resplandores y se escuchaba música celestial,
creciendo a tal punto los rumores, que unos arcabuseros
decidieron investigar de qué se trataba pero hallaron a benito
muerto y en perfecto estado de conservación.
El culto que empezó a rendirse al Crucificado en aquel barrio
poblado por indígenas trasladados de Pachacamac y negros
esclavos, dio origen a frecuentes escándalos que obligaron a
las autoridades a ordenar se borrara la pintura que los
provocaba,
Cuando el obrero que debería hacerlo empezó a subir la
escalera, sufrió una fuerte convulsión que lo echó a tierra
desmayado. Otro que pretendió seguir el trabajo, quedó con el
brazo paralizado al aproximarse a la pintura, a tiempo que se
oscurecía el cielo y caía una lluvia torrencial sobre la
ciudad.
Ante tales prodigios fue revocada la orden de borrar el mural.
Edificándose en cambio una modesta capilla con la colaboración
de los devotos y comenzó a llamársele el Señor de los
Milagros.
Posteriormente, al tratar de levantarse la pared para
transformarla en retablo y colocarlo en un altar, se
desmoronaron los trozos en que aparecen la Virgen María y
Magdalena, quedando intacto Jesús Crucificado.
Son estos portentosos hechos recogidos por la tradición y la
historia, además de otros igualmente extraordinarios ocurridos
después, los que han formado la sólida fe del pueblo del Perú
en su venerado amo y Señor de los Milagros de las Nazarenas.
Dicen que Manuel Amat y Juniet, el Virrey del paseo de Aguas,
de la Plaza de Acho, el mismo que terminó el Real Felipe, en
el Callao, mandó construír la iglesia para el Nazareno de
Pachacamilla. En tanto devaneo amoroso con la perricholi se
concilió con Dios, poniéndole un techo a su muro. Al mismo
lado cedió un terreno para las monjas que se irrogaron el
derecho de cuidarlo y un día de la visión de una de ellas,
nació el hábito morado. Es decir, las Nazarenas.
Los sismólogos afirman que octubre es por excelencia el mes de
los temblores. Y en octubre sale el Señor de los Milagros a
recorrer las calles. Entre auroras, volcando melodías al paso
de sus andas, doblando la esquina de los atradeceres,
caminando por la noche con un haz de estrellas en la frente.
El martillero, cabeza piña de algodón, marca su paso. Una
larga voz que vine desde antaño de los caídos galpones,
arrastra la misma música .¡Avancen, hermanos!
En las espaldas del Señor, al otro lado de las andas, deshace
su eterna sonrisa la Virgen de la nube. La misma que en una
época lejana tocó con sus manos de rocío las sienes afiebradas
del hombre que pintaba su dolor y su esperanza, con la forma
de un Cristo en las barracas de Pachacamilla.
Durante los días 18,19 y 28 de octubre que el Señor recorre la
ciudad, ésta cobra un impresionante ambiente festivo, pleno de
colorido y gran animación general, ya que tanto los hombres,
como las mujeres y los niños, en su mayoría, visten el típico
hábito morado con detente y cordón blanco que es el distintivo
característico de todos los hermanos y devotos de esta gran
festividad religiosa de excepcional dimensión popular.
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